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¿Brasil está cocinando una nueva pandemia?

por João Peres

Deforestación a gran escala. Ciudades en áreas donde alguna vez hubo bosques. Acercamiento entre animales domésticos y salvajes. Enormes comunidades de gallinas y cerdos confinados. Debilitación del control sobre corporaciones. Protección de datos privados en detrimento de la salud pública. El Brasil de Jair Bolsonaro crea las condiciones perfectas para ser la cuna de las próximas pandemias.

No deja de ser paradójico que la producción de animales confinados amenace a toda la humanidad al confinamiento. Una especie bastante particular e injusta de Rebelión en la granja, ya que los dueños del agronegocio demostraron tener fortuna suficiente para escapar, con sus aviones y mansiones, a las restricciones, costos y riesgos a los cuales estamos sometidos los demás, la mayoría de los habitantes del planeta. 

Una nueva variación del virus de influenza tipo H1N2 fue detectada en una empleada de un frigorífico en Paraná, al Sur de Brasil. Después de cinco meses de confinamiento en América Latina, creer que seguir encerrados ya no será una excepción sino algo habitual no es cuestión de sensacionalismo sino de sensatez. 

Sensato sería también buscar las causas del problema para no ahondarlo. Pero los gobiernos de Sudamérica van en sentido opuesto, redobla la apuesta con el agronegocio. 

En Argentina, ofreciéndose como destino de millones de puercos, justamente los animales criados en confinamiento con las mayores probabilidades de transmitir sus virus a los humanos. 

En Brasil, el ministro de Medio Ambiente diciendo que “llegó la hora de pasar al ganado” y firmando decenas de decretos y normas que desmantelan cualquier control ambiental. En ambos países, con destrucción sin pausa: tala en el Delta del Paraná y deforestación récord del Amazonas. Todo en nombre de la soja, el maíz y la ganadería.

Confrontados con la pandemia, muchos se apuraron en culpar a los chinos. Mientras la versión de que en China todos son sucios es puro perjuicio, el daño causado por los agronegocios es un concepto sólido y claro.

Las corporaciones han prometido un modelo seguro desde el punto de vista biológico. Carnes que se producen en granjas gigantescas y luego se venden en supermercados, en refrigeradores luminosos, empacadas en plástico brillante. Esa ha sido hasta ahora o en estos tiempos la manera considerada “confiable” de consumir carnes, diferenciándose del “atraso” que supuestamente significa criar animales en granjas o patios, a pequeña escala. 

Si alguien puede decir “yo avisé” es el epidemiólogo evolutivo Rob Wallace, exconsultor de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura (FAO), y del Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de los Estados Unidos. 

Hace una década comenzó a alertar que se avecinaba una pandemia y que China reunía todas las condiciones para ser la cuna de algún virus transmitido de animales a humanos. Wallace postuló que la deforestación masiva, con el consecuente convivio entre animales salvajes y domésticos, la alta concentración humana, una fuerte presencia de sorotipos de influenza e el hecho de que la gripe circule todo al año hacían de China la candidata central al surgimiento de una pandemia. Como premio, ha perdido invitaciones y trabajos. 

En una charla reciente, el epidemiologista dice que es un error afirmar que la pandemia del SARS-COV2 fue causada únicamente por la migración de murciélagos a otros animales silvestres y a humanos: 

“Decir que la agricultura no tuvo ningún impacto — tal como China esbozó oficialmente — es tan absurdo como decir que el virus ni siquiera se originó en China, es poner en una situación frágil a aquellos que niegan el papel del agronegocio en todo esto. ¿Cómo explicar la transmisión del murciélago al pangolín, entre otras especies intermediarias, del cerdo al hombre, sin mencionar siquiera la agricultura (o de la tala a la minería)? El virus no lleva una impronta genética que haga pensar que fue un accidente de laboratorio”. 

"Decir que la agricultura no tuvo ningun impacto es tan absurdo como decir que el virus ni siquiera se originó en China" (Foto: Jonas Oliveira. ANPR)

Virus que no son accidentes y que podrían nacer en América del Sur. El caso de influenza H1N2 en Paraná es suficiente motivo para estar atentos. 

La Fundación Osvaldo Cruz (Fiocruz), organización pública de referencia para investigaciones de salud en Brasil, informó a la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre el surgimiento de una nueva variación del virus influenza A, detectado en una mujer de 22 años residente de Ibiporã. De los 26 casos reportados del A H1N2 desde 2005, este es el segundo registrado en Brasil y el segundo caso en Paraná, cuna de la industria porcina del país. Aunque todavía se requiere estudiar más ejemplos, más casos, Fiocruz avisa que esta nueva variedad de virus tiene un potencial pandémico

No es casualidad que las mutaciones de virus sean cada vez más frecuentes.  La mejora en los mecanismos de detección de enfermedades puede explicar parte de la situación, pero no la totalidad. 

En las últimas tres décadas, se ha transformado por completo el sistema alimentario, se ha vuelto “global”: los cereales producidos en Brasil y Argentina alimentan animales a miles de kilómetros de distancia; la carne brasileña terminará en mesas inglesas, chinas y rusas. 

En las últimas tres décadas también en el mundo se ha expandido — y multiplicado de forma exponencial — la cría de animales en confinamiento. Una práctica asociada siempre a la deforestación y que aplica a los animales grandes cantidades de antibióticos, porque es la única forma de garantizar la supervivencia de millones de aves, cerdos y otras especies en espacios reducidos. Productos que, aplicados de esa forma, afectan la resistencia de las manadas y hacen que los animales puedan ser más susceptibles a las enfermedades.

Brasil tiene 1,360 millones de gallinas, 172 millones de vacas, 39 millones de cerdos, 15,6 millones de pavos. En Castro, la ciudad donde se detectó por primera vez en el país una nueva cepa de H1N2, hay 276,000 cerdos, según datos oficiales del último Censo Agropecuario. Paraná, un pequeño estado desde un punto de vista territorial, es la casa de 25% del ejército brasileño de pollos y gallinas.

Y que debemos hacer? Realmente me gustaría creer que es suficiente para usted, como individuo, dejar de comer carne producida a escala industrial. Pero eso no cambiaría el hecho de que los sucesivos gobiernos se eligen y se deshacen a los sabores de la agroindustria. Aunque todos los argentinos, chilenos, argentinos, bolivianos, ecuatorianos, colombianos, peruanos, dejaran de comer carne, seguiríamos produciendo para enviarla a otros lugares del mundo. 

También se podría creer en la idea de que la agroindustria tiene una parte moderna y “civilizada”, que está plenamente comprometida con el respeto al medio ambiente y  a las sociedades. Es esta parte la que en las últimas semanas se ha estado moviendo para evitar que el desastre ambiental del gobierno de Bolsonaro provoque la pérdida de miles de millones de dólares en inversiones de fondos extranjeros.

Y es esta parte la que se mueve para no perder un solo centavo contra el coronavirus. Los frigoríficos son uno de los principales focos de contagio en Brasil y otros países. ¿Y qué hizo el gobierno de Paraná ante la noticia sobre el H1N2, que se sumó al riesgo por Covid-19? Cedió a la presión de las empresas, revocando las restricciones sanitarias impuestas a las unidades de producción, incluso la distancia de un metro y medio entre los empleados. 

“A largo plazo” — dice Wallace —, “debemos acabar con la industria ganadera tal como la conocemos. Con animales confinados, con rebaños y manadas trasladados de una región a otra, transformando la distancia espacial en conveniencia justo a tiempo, varias cepas de influenza se introducen continuamente en lugares llenos de poblaciones animales susceptibles. Si se tuvieran en cuenta en sus balances los costes totales de los brotes, las grandes operaciones, como las conocemos, dejarían de existir.”

Eliminar la ganadería industrial, como dice Wallace, no sólo reduciría el riesgo de enfermedades, también los costos de una industria que parece barata cuando es muy cara. Porque, más allá de las pandemias, los gobiernos que permiten estas granjas de millones de animales no están calculando los verdaderos costos a largo plazo.

Mientras tanto, todos pagamos la factura. Con vidas. Con desempleo masivo. Con varios daños psicológicos. ¿Cuanto cuesta, realmente, el bistec del domingo?