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La pandemia en la pandemia:

cómo la industria alimentaria está destruyendo América Latina, y qué buscamos hacer nosotros para enfrentarlo

por Soledad Barruti y João Peres

En Marzo dos fenómenos derrumbaron nuestra aparente normalidad: la pandemia por covid-19 y el confinamiento – por ley o voluntad – para frenar la propagación del virus. Si bien es obvio que ambos están interconectados, los estamos pensando, experimentamos y padeciendo como eventos paralelos. El asunto se hace evidente de un modo particular en la alimentación. Porque asumimos que necesitamos estar saludables e incluso elevar la inmunidad, pero nuestra estrategia para enfrentar la nueva amenaza es – y ha sido desde el primer momento –  salir a supermercados, abastecernos de productos ultraprocesados (congelados, enlatados, secos). Al mismo tiempo, desplazamos el consumo de frutas y verduras hacia su mínima expresión, como si el verdadero desafío fuera cómo sobrevivir al encierro y no como enfrentar un virus con estos cuerpos que somos.

Según datos de la consultora internacional Nielsen, desde que el coronavirus empezó a extenderse en Argentina, la venta de postres congelados aumentó un 860 % y la carne en lata 184 %. En Perú aumentó 405 % el pescado congelado y 203 % el enlatado. En Brasil el consumo de pan industrializado subió un 52 % y el de salchicha ahumada 16 %. En México las ventas en líneas de los principales supermercados subieron un 74%, en Argentina otro tanto; Brasil, anunciaron públicamente los CEOs de las grandes cadenas, vive cada día como si fuera la previa de la Navidad.

Que no falte la comida  ha sido una prioridad explícita para  todos los gobiernos de América Latina. Hubo acuerdos con distintas corporaciones para la donación de productos, entrega de bolsones de alimentos, y créditos para abastecerse en supermercados. Pero hasta ahora no hubo ningún programa de producción de alimentos frescos. Se cerraron mercados campesinos, se obstaculizó la venta de comida callejera y se impidió la llegada de productores de provincias y poblados alejados de centros urbanos, a la vez que se estimuló la propagación de Rappis y Uber Eats. Las aplicaciones de entrega de comida, generalmente elaboradas por restaurantes o cadenas transnacionales,  saltaron el cerco de la marginalidad para volverse esenciales de un día para el otro. Quienes trabajan detrás de las aplicaciones – migrantes, desocupados y jóvenes, principalmente – se multiplican  como fantasmas en bicicleta, con sus mochilas cargadas de hamburguesas cruzando ciudades vacías bajo un sistema de vigilancia cada vez más riguroso y empobrecedor. Son ellos un ejemplo transparente de lo que desigualdad significa: gente que pone el cuerpo para que otros no tengan que poner el cuerpo; personas que pagan uno, dos o tres dólares para que sean otros quienes arriesguen la vida.

Las compras del miedo que devienen en el egoísmo reactivo del sálvese quien pueda tendrán resultados indeseados para los comensales. La comida procesada y ultraprocesada, que compran y comen cada día de encierro, incluye  altas cantidades de azúcar, sal y aceites agregados, harinas refinadas, aditivos y nutrientes artificiales. Es decir, ingredientes que incrementan los riesgos de padecer enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, hipertensión y cáncer; que aumentan la mortalidad ante el coronavirus.

Por último la dupla Covid-19/confinamiento también tiene efectos inesperados en el campo. En Brasil la deforestación de Amazonia aumentó en un 60 % con respecto al año anterior. En Argentina se destruyeron bosques nativos en tiempo record. Y en Centroamérica se rifan campos a precios que sirven sólo a la avanzada del agronegocio.

Y nosotros, periodistas, de Brasil, México, Argentina y Honduras; que vivimos en un  países ricos en naturaleza y saberes; en un continente donde los campesinos producen el 70 por ciento de los alimentos frescos, saludables y culturalmente adecuados; y a la vez los supermercados, se multiplican y vuelven omnipresentes, en tiempos de Covid y encierro, pensamos urgente reflejar el conflicto: el que se da entre los comestibles que nos destruyen y la comida real. Un fenómeno desigual que esta pandemia ha evidenciado de un modo particular, pero también que la excede.  Una guerra en la que están involucrados desde hace años grandes corporaciones transancionales, gobiernos,  agricultores y consumidores que muchas veces no tienen – no tenemos –  idea de qué está ocurriendo.

Elegimos investigarlo, narrarlo, mostrarlo.

Y así creamos bocado.

Una red de periodistas de América Latina con un trabajo centrado en sistemas alimentarios, desde las semillas hasta la mesa.

Una red de periodistas desde América Latina, desde el territorio, desde nuestros campos y ciudades.

Una red de periodistas detrás que buscan hilos entre platos, economía y política.

Un afán de Investigaciones comestibles para cocinar un presente más rico, limpio y justo.