Cultura petróleo

Cultura petróleo

por Fabián Mauricio Martínez G. especial para BOCADO
Fotografías: AdobeStock
Publicado el 5 mayo 2022

Son las diez y cuarenta y cinco de la noche. Silencio mi celular, apago la luz y me duermo acariciándole la panza a mi perro. Sueño que camino por la playa. El mar apesta a petróleo. Sobre la arena veo cadáveres de pelícanos, garzas, gaviotas, halcones, tortugas y peces: el mar oscuro los escupe sobre la tierra muerta. Miro mis manos y están aceitosas y negras hasta las uñas. Toco mi cabeza y descubro que chorreo crudo por mi mandíbula. La boca me sabe a gasolina. Alguien a mi lado arroja una colilla encendida sobre la piel del agua: el océano se convierte en un huracán de fuego que devora al mundo.

Me despierto, todavía no son las seis de la mañana. Tomo mi celular, repaso las noticias sobre el reciente derrame de crudo en Perú. He estado siguiendo esas noticias en los últimos días. Once mil barriles vertidos en el litoral de la provincia del Callao. Catástrofe ambiental para el ecosistema marino, innumerables peces y aves muertas; tragedia económica y humana para los pescadores artesanales de Bahía Blanca en el distrito de Ventanilla. La responsable: la multinacional energética petroquímica Repsol. Empresa española que ocupó el puesto No. 46 entre las 100 que generaron al menos el 70% de las emisiones industriales contaminantes entre los años 1988 y 2015, según el estudio Carbon Majors Report, publicado en 2017. El puesto número 46 en ese top 100 de empresas multimillonarias responsables del cambio climático durante casi 30 años.

fotos: Fabián Mauricio Martínez G.

Voy al baño y me lavo los dientes. Mi  cepillo tiene cerdas planas, es suave con mis encías pero es capaz de remover la inmundicia más enquistada entre los dientes. Mi cepillo es de plástico, lo cambio cada dos meses, lo que significa que desecho seis cepillos de plástico al año. Recuerdo un dato aterrador que leí hace poco en un informe de la ONU. Venía en forma de pregunta: “¿Qué tienen en común el punto más profundo del océano, la fosa de las Marianas, y el pico más alto del mundo, el monte Everest? A pesar de figurar entre los entornos más remotos e inaccesibles del planeta, ambos contienen diminutos trozos de plástico originados a kilómetros de distancia procedentes de las actividades humanas”. Una de ellas es lavarse la boca al menos tres veces al día con un cepillo plástico.

Me visto con una pantaloneta para trotar, escojo la que tiene el interior licrado para mayor comodidad de mis pelotas. Salgo de casa y corro cinco kilómetros. Los hago en 33 minutos. Hace rato no soy capaz de hacerlos en menos de media hora. Me siento una morsa y le echo la culpa a los automóviles que expulsan sus gases que respiro en mi ruta. Malditos combustibles de mierda -digo-. Tanta toxicidad no permite que yo tenga una mejor performance. Observo el cielo gris cargado de smog y gases de efecto invernadero. Alguien a mi lado tose con escándalo. Escucho las bocinas de los autos atrapados en un trancón cercano. 

Regreso a casa. Tomo agua del purificador que tengo en la cocina. Miro en mi celular las noticias y me entero que el fondo del mar de Ventanilla está repleto de petróleo. La tragedia se agrava. El mundo está ahogándose en petróleo y seguimos como si nada. Claro, las ganancias de ese negocio son multimillonarias y aseguran confort aunque sea artificial y en detrimento de todos los seres que vivimos en este planeta. Nadie quiere mirar esos detalles, la riqueza  y el confort por encima de todo. Solo en el año 2020, según el Fondo Monetario Internacional, la industria de los combustibles fósiles recibió alrededor de 6 billones de dólares en subvenciones. Esto significa que los gobiernos del mundo gastan muchísimo dinero en subsidios y ayudas públicas a los combustibles fósiles, casi el triple de lo que invierten en la transición a energías limpias. Estos dineros, financiados por los gobiernos con platas públicas, le entregaron a la industria de combustibles fósiles -cada minuto de cada día de cada semana de 2020- 11 millones de dólares (también durante cada minuto en los que dormíamos y soñábamos con el fin del mundo).

Me saco las zapatillas del running, arrojo la pantaloneta licrada en el cesto plástico de la ropa sucia, pongo un CD de Juan Gabriel en el reproductor de audio que tengo emplazado en el baño. Bailo y canto en la ducha. Estoy frente al abarrotado Palacio de Bellas Artes con un traje de lentejuelas doradas. Termino mi presentación. Descorro la cortina transparente. Fuera del baño mi perro me recibe batiendo su cola con frenesí. Acaricio su barriga. Me aplico desodorante rico en fragancia de pinos. Me visto con camiseta de algodón y una chaqueta de cuerina, quiero protegerme del helaje bogotano. Me calzo unas botas con agujetas sintéticas. Pongo a hacer café en la prensa de vidrio con base plástica. Me preparo para la entrevista del día. Repaso las preguntas que voy a hacer. Le sirvo una buena porción de alimento a Maxi, mi perrito dorado. Desayuna con fruición. Se ve feliz mientras come.

Inicio la sesión de Zoom programada con Fernando Torres, Ingeniero de Petróleos. Me cuenta sobre la historia del petróleo, sobre los grados API que sirven para medir la calidad del crudo en relación a su gravedad específica y densidad (cuantos más grados API tenga será de mayor calidad, y sus productos más refinados y costosos). El ingeniero Torres me cuenta también acerca de las condiciones geológicas -temperatura y presión- y de depositación de material orgánico en algunas áreas. Esta mezcla de factores hacen que el mejor petróleo se dé en ciertos territorios como Kuwait, Irak, Arabia Saudita y Venezuela. Recuerdo la Guerra del Golfo a principios de los noventa. La invasión de Irak a Kuwait, la intervención de Estados Unidos, la derrota y el retiro de las tropas iraquíes no sin antes incendiar los pozos de petróleo de Kuwait. Recuerdo, años más tarde, la Guerra de Irak, la invasión de Estados Unidos, la caída de Bagdad y el derrocamiento de Sadam Hussein. Todo ese culebrón de más de dos décadas, con tantos muertos y sobrevivientes traumatizados, ocasionado por el petróleo, le digo al Ingeniero. Él me contesta: “No por cualquiera, el mejor petróleo del mundo”.

Le planteo entonces lo del derrame en el Perú, lo de lo tóxicos que son los gases provenientes de los combustibles, lo de las millonarias ganancias que recibe la industria, lo de la indolencia generalizada con el medio ambiente y el bienestar humano y animal. Él me escucha con atención y me explica que de un barril de petróleo sólo alrededor del 56% se emplea para hacer gasolina y diesel, es decir sólo el 56% acaba como generador de energía de autos, aviones y demás máquinas. Me dice que el 44% restante (casi la mitad) se utiliza en la industria petroquímica y los derivados del petróleo. Y eso a qué viene, le pregunto.

El ingeniero Torres me pide que le cuente mi día. Son las nueve y media de la mañana. No hay mucho que contar, es muy temprano. Él insiste. Le cuento lo que he hecho. Él me explica que mi cepillo de dientes, por ejemplo, al igual que mi pantaloneta licrada, mis tenis para correr hechos con tejido de nailon y taloneras son materiales plásticos, es decir, polímeros artificiales sintetizados de derivados del petróleo. El ingeniero sigue: la carcasa de mi teléfono celular, el cesto de la ropa sucia, la cafetera que mantiene el café caliente, el CD con el que canto y bailo Juan Gabriel, la cortina de la ducha hecha con polipropileno y el desodorante que previene el mal olor de mis sobacos contiene cyclomethicone. Todos estos artículos provienen de derivados del petróleo. El ingeniero señala lo que llevo puesto: la chaqueta de cuerina, las botas con agujetas sintéticas y el chicle que masco frente a la pantalla del computador también son productos petroquímicos. Sacudo la cabeza con incredulidad: mi vida está sumergida en petróleo.

“Incluso la comida que le pusiste a tu perro tiene glicerol y propilenglicol, dos sustancias derivadas del petróleo que aseguran que eso que le gusta tanto a tu perrito se mantenga fresco y con buen grado de humedad”, me dice el ingeniero, quien continúa con el rosario de productos provenientes del mar negro de mis pesadillas nocturnas. Los colorantes como la tartracina, conocida como E102 o Yellow 5, está presente en los snacks amarillos como los doritos o los cheetos. La tartracina puede producir hiperactividad infantil. El Red 3 o erythrosina se utiliza para agregarle color a las gomitas azucaradas rojas y puede estar asociado al cáncer de tiroides, al igual que el Red 40 que se le echa a algunas papas Pringles y a los chocolates M&M. La cera de parafina, derivada del petróleo, la tienen algunos chocolates y chocolatinas; y el aceite de soja hidrogenado con TBHQ está presente en los nuggets de pollo, galletas de soda y algunas pizzas precocinadas.

Le digo al ingeniero Torres, en tono defensivo, que todo eso que mencionó es comida chatarra y afortunadamente no la consumo. Que es muy importante el etiquetado frontal en todas las cajas y paquetes para saber qué estamos comiendo. Que es impresionante la cantidad de basura que comemos desde niños. Que yo comía doritos y cheetos como si no hubiera mañana. Que fui adicto a esa comida de paquete por años, pero que afortunadamente ya no la como más. Que yo solo consumo productos comprados en la plaza de mercado, provenientes del campo. Que como tomates chonto, cherry y uvalina; zanahorias chantenay, danvers o nantes; cebollas moradas, largas u ocañeras; plátanos maduros y verdes, papas sabanera, criolla y pastusa, habichuelas, pimentones, fresas, feijoas, mandarinas, duraznos, ciruelas y un largo etcétera de origen natural.

El ingeniero Torres sonríe y me explica que la industria del agro de donde provienen la mayoría de los productos de la plaza emplea fertilizantes y pesticidas derivados de petroquímicos. Estos fertilizantes y pesticidas al recibir dinero de los gobiernos que los subvencionan, tienen un precio más económico para los agricultores y por eso se venden más fácil. Y eso si solo hablamos de las técnicas de cultivo y siembra, porque si se tienen en cuenta los motores de las máquinas cosechadoras, los motores de los tractores y de los camiones que sacan el producto del campo a las plazas de mercado (solo en el mercado local, sin tener en cuenta las importaciones y exportaciones en este mundo globalizado) el petróleo empapa toda la cadena productiva y de consumo que va desde la siembra de semillas del tomate, por ejemplo, su cultivo y cosecha, hasta que llegan a la mesa cortados en julianas, aderezados con limón, sal y aceite de oliva en una jugosa y nutritiva ensalada. 

El ingeniero se despide y me desea suerte. Cierro la sesión, apago mi portátil. Me percato de que mi laptop, sus teclas con las que escribo este texto, sus esquinas y marcos negros están hechos de algún derivado plástico, es decir, de petróleo. Tomo agua del purificador de tecnología coreana y noto que el envase, así como la tapa y otras piezas son derivadas del petróleo. Tomo una manzana roja del frutero, la muerdo y pienso en las sustancias petroquímicas que la aislaron de insectos, hongos, y bacterias. La manzana roja creció cubierta por una cápsula hecha de pesticidas sintéticos. Del otro lado, esos insectos, hongos y bacterias se fueron adaptando hasta salir más fortalecidos. Por ende, estas sustancias petroquímicas cada día deben ser mucho más fuertes (tóxicas y venenosas). A eso se agregan los fertilizantes cuya misión es enriquecer de manera sintética a los suelos empobrecidos por la sobreexplotación de cultivos, con el fin de asegurar que esas tierras yermas sigan ocupándose de la alta producción de alimentos que demanda la economía de escala. ¿Cuál es el precio real de esta manzana que ahora llevo a mi boca? ¿Qué estoy comiendo? Si el Monte Everest y el Foso de las Marianas contienen diminutos trozos de plástico, ¿cómo estará mi hígado, mis pulmones y mis tripas?

Mi perro me mira de reojo con esa mirada que entiendo. Esa mirada que traduce: paseo por el parque. Salimos a la calle. Está lloviznando y le pongo un impermeable plástico que proviene del petróleo. Me cubro con un paraguas cuya tela elástica deriva del petróleo. Caminamos bajo árboles urapanes y eucaliptos color lavanda. El canto de los pájaros es engullido por el sonido de las ambulancias. El cielo sigue cargado de gases de efecto invernadero. La luz es gris. El perro corre alrededor mío. Le arrojo su pelota amarilla derivada de algún componente petroquímico. Corre. Atrapa la pelota, a veces en el aire, a veces arrastrada sobre el césped. Me la trae. Se la vuelvo a arrojar. Así pasan cuarenta minutos en los que la industria de los combustibles fósiles ha ganado 440 millones de dólares.

Yo mismo he contribuido con la compra de la pelota de mi perro. Con el impermeable, la sombrilla, mi chaqueta, mis botas, la prensa del café, mi colección de CDs y cientos de cosas más que no logro enumerar. 440 millones de dólares en cuarenta minutos. A pesar de que en la Cumbre Climática de Glasgow, el pasado noviembre, 25 países se comprometieron a cortar las subvenciones al sector fósil y priorizar la transición a energías limpias, entre ellos Canadá, Reino Unido y Estados Unidos; con la Guerra en Ucrania, las sanciones y vetos a importaciones de combustibles rusos, se han elevado los precios del petróleo y esto ha llevado a los gobiernos a recurrir a exenciones fiscales, límites de precios y otras medidas para ayudar a los consumidores a hacer frente a la enorme subida de los precios”.

Regreso a casa arrastrando mis botas. Paso por una farmacia para comprar condones. Si bien el látex es una sustancia que se extrae del árbol de caucho, también puede ser obtenido sintéticamente de la polimerización de derivados del petróleo. En ninguna de las cajas de las marcas disponibles se encuentra la aclaración del origen del látex. Compro los que suelo comprar. Espero que no deriven del petróleo. Dios Santo. Qué pensará mi novia cuando le cuente todo esto. Llego a casa. Preparo el equipaje. Hemos planeado pasar unos días en la montaña. Mi novia, mi perro y yo. 

 Empaco algunas cosas para hacer un par de cenas, desayunos y almuerzos. Verduras, huevos, chocolates, espaguetis, aceite, frutas, nueces, latas de atún. Cargo todo en el baúl del carro que utiliza gasolina para que funcione el motor. Demoro cuarenta y cinco minutos en llegar al apartamento de mi novia que queda a veinte calles del mío. El tráfico de Bogotá está imposible. Lleva años siendo imposible pero se hizo peor con la pandemia. Mucha gente temerosa del contagio en el transporte público compró un carro. Más gasolina. Más combustión. Más contaminación. Más dinero para la industria del petróleo. Más.

Recojo a mi novia. Tiene el pelo suelo y los labios pintados de rojo. Está radiante. Preciosa. Siento alivio al salir de la ciudad y su imperio de combustibles fósiles. Alexa sonríe, canta alguna canción del CD de George Harrison que acaba de poner. Se ve hermosa con el viento frío alborotándole el pelo, con los potreros verdes pasándole detrás de la cabeza, con las gafas negras de marco grueso plástico. Mi perro va en el asiento de atrás con la lengua afuera. Me siento un poco mejor. En la frescura del campo encontraré algo de paz. En los deliciosos labios de Alexa. En esos labios rojos pintados con derivados del petróleo: MOSH y MOAH, hidrocarburos saturados y aromáticos de aceites minerales. 

***

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