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30 de junio, 2020 Maíz por chatarra Coyoacán, en México, tiene un mercado ruidoso y una plaza con vida pueblerina. Por las tardes y sobre todo en fines de semana, muchas personas llegan a tomar café, comer churros, elotes, quesadillas. Ahora el bullicio se apagó como en casi todo el mundo, encerrados para evitar los contagios por Covid-19.

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Falta la comida callejera.
¿Cómo vivirán esas personas? ¿de qué, si ya no venden? ¿volverán a ofrecer sus productos de maíz después de este tiempo extraño?
En días de confinamiento, el silencio de mi barrio, la falta de aromas y sonidos de la comida callejera se reproduce en muchas esquinas de la ciudad.
En la esquina donde falta la señora de los tamales está abierto el 7-eleven. Prohibido el puesto de maíz, abierto el kiosco 24 horas que vende refrescos y comida chatarra.
Slide El combo diabetes-obesidad-hipertensión nos puso en doble riesgo ante el COVID. Tan obvia e innegable la relación de estas enfermedades con las muertes por COVID como las conductas que las han hecho crecer, en especial la alimentación.
Cristina Barros, escritora y maestra: “Si se quiere atender la higiene, yo eliminaría la chatarra y buscaría la manera de apoyar a la gente para que tuvieran mejores condiciones partiendo de la realidad de que son indispensables en la ciudad.”

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El supermercado sigue abierto y cuenta ahora con un ejército de repartidores a domicilio, muchos de ellos ex choferes de taxis y otras aplicaciones que buscan ganar dinero de alguna manera.
La madre de Édgar Florencio empezó a vender tortillas, tamales, totopos, tlacoyos y gorditas en el mercado de Coyacán hace 25 años. “Ya le tenemos que buscar por otros lados”, dice Édgar frente a la situación creada por la pandemia. Todas las opciones implican que se acaben para nosotros las maravillosas tortillas de maíz azul que su familia cultiva y cosecha en campos de Lerma, un municipio del Estado de México.
Sigue poniéndose el puesto de los tamales en nuestra esquina, aunque casi siempre está vacío. Cristian, el encargado, pasa las horas entreteniéndose con su celular. “Si no salimos a vender, no comemos. Es nuestro único ingreso y, mucho o poco, es algo.”
Se va el tamalero y vuelve el silencio a su esquina. Escucho pajaritos en estos días extraños en mi ciudad monstruo, pero me siguen faltando puestos, sabores, olores. Ese maíz que por siglos nos ha alimentado.

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Slide 30 de junio, 2020 Maíz por chatarra Coyoacán, en México, tiene un mercado ruidoso y una plaza con vida pueblerina. Por las tardes y sobre todo en fines de semana, muchas personas llegan a tomar café, comer churros, elotes, quesadillas. Ahora el bullicio se apagó como en casi todo el mundo, encerrados para evitar los contagios por Covid-19.

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Falta la comida callejera.
¿Cómo vivirán esas personas? ¿de qué, si ya no venden? ¿volverán a ofrecer sus productos de maíz después de este tiempo extraño?
En días de confinamiento, el silencio de mi barrio, la falta de aromas y sonidos de la comida callejera se reproduce en muchas esquinas de la ciudad.
En la esquina donde falta la señora de los tamales está abierto el 7-eleven. Prohibido el puesto de maíz, abierto el kiosco 24 horas que vende refrescos y comida chatarra.
El combo diabetes-obesidad-hipertensión nos puso en doble riesgo ante el COVID. Tan obvia e innegable la relación de estas enfermedades con las muertes por COVID como las conductas que las han hecho crecer, en especial la alimentación.
Cristina Barros, escritora y maestra:
“Si se quiere atender la higiene, yo eliminaría la chatarra y buscaría la manera de apoyar a la gente para que tuvieran mejores condiciones partiendo de la realidad de que son indispensables en la ciudad.”


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El supermercado sigue abierto y cuenta ahora con un ejército de repartidores a domicilio, muchos de ellos ex choferes de taxis y otras aplicaciones que buscan ganar dinero de alguna manera.
La madre de Édgar Florencio empezó a vender tortillas, tamales, totopos, tlacoyos y gorditas en el mercado de Coyacán hace 25 años. “Ya le tenemos que buscar por otros lados”, dice Édgar frente a la situación creada por la pandemia. Todas las opciones implican que se acaben para nosotros las maravillosas tortillas de maíz azul que su familia cultiva y cosecha en campos de Lerma, un municipio del Estado de México.
Sigue poniéndose el puesto de los tamales en nuestra esquina, aunque casi siempre está vacío. Cristian, el encargado, pasa las horas entreteniéndose con su celular. “Si no salimos a vender, no comemos. Es nuestro único ingreso y, mucho o poco, es algo.”
Se va el tamalero y vuelve el silencio a su esquina. Escucho pajaritos en estos días extraños en mi ciudad monstruo, pero me siguen faltando puestos, sabores, olores. Ese maíz que por siglos nos ha alimentado.

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